jueves, 27 de mayo de 2010

Los españoles y el café

Hablando en generalizaciones, no creo que haya nacionalidad que se complique más que un español a la hora de pedir un café. Veamos algunos ejemplos:

Giovanni: - Un café.

Se entiende, un café, solo, corto, expresso. Sin mariconadas ni tonterías, café es café y punto. Otra posibilidad es el capuccino, que se hace con mucha crema de leche y la misma medida de un expresso.

Jack: - Black coffee, please.

Lo que quiere es un café aguado, sencillo, sin complicaciones. Hay pocas variaciones: white coffee (café con leche) cafelatte (café con leche corto de café).

Ahora algunos ejemplos de españoles pidiendo café:

Manolo: - Me haces un café con leche en vaso, corto de café y con la leche tibia y descremada.

Pepe: - A mí me pones un café solo, largo de café, en taza, con una gota de leche y sacarina.

Carmen: - Yo me tomaré un cortado, pero muy corto de café, sin espuma, con la leche natural. Sin azúcar.

Pepita: - Quisiera un café con leche, con la leche muy caliente, con cremita y dos sobres de azúcar.

Juanito: - Quiero un cortado descafeinado de sobre con la leche templada.

Reyes: - Por favor, un café descafeinado de máquina, largo de café, con hielo y la cáscara del limón.

Luisito: - Café con leche, pero corto de café, con azúcar morena, y un vaso de agua del grifo.

Magdalena: - Mira, pones la leche natural primero, luego hechas el café y por último la espuma de la leche no muy caliente. En vaso de cortado, en cristal si puede ser.

No creas que, por más que les mimes, dejarán propina (en la vida lo harán por un café).

Clientes con niños

Una pareja se asoma la terraza, y escoge a una de las mesas libres. El ruido del arrastramiento de las sillas de metal indican que hay un cochecito de niño por medio. Y así empieza la pesadilla...

- Hola, buenas tardes, ¿qué vais a tomar?
- Hola, pues una caña y una sin, por favor - contesta el padre, aparcando el carrito.

La madre no puede mirarme, está intentando sacar algo de la boca del nene, que no pude identificar. Ya visioné todo el circo montado mientras le limpiaba con una de aquellas toallitas humedas, asquerosas, que luego tirará al cenicero, junto con el vasito del yogurt, la cáscara del plátano, la cuchara desechable, entre otras asquerosidades de lo que concierne a la alimentación del crío.

Vuelvo a la barra, empiezo a poner la caña cuando entra la mamá ya con el bibe en las manos, para que lo caliente. Pero antes, la pregunta habitual:

- ¿Tienes microondas?

El lector puede pensar que soy burra, porque podría simplemente decirle que no. Pero, con los años, los padres aprenden que el bibe también puede calentarse en una cafetera, con lo cual, no hay forma de hacerles abortar la misión. Me pide que le caliente por 30 segundos. Enseguida le llevo en una bandeja el pedido y el bibe. Antes que pueda dar media vuelta, la madre:

- Oye, que está muy caliente, ¿tienes leche fría?

Le doy un cacharro con leche fría, para que lo mezcle. Me agradece amablemente. Mi sonrisa cordial se atasca cuando miro la mesa toda manchada con yogur y las impresiones digitales del pequeño en toda la superficie (cuando no en las sillas y debajo de la mesa).

En este momento pienso que el gobierno debería encargarse de dar cursillos pos-natales a padres que tienen nociones de etiqueta próximas a cero.

El niño hace ruidos indescifrables, es gracioso, con los cachetitos colorados, de aspecto saludable y fuerte, y de pronto, con un manotazo, tira la cerveza sin de la madre, que me pide auxilio en menos de 5 minutos que dejo su mesa.

- Me puedes traer una bayeta, ¿por favor? El nene se me ha derrumbado la botella. -
Además, por supuesto que no lo menciona, hay trozos de cristales rotos por toda la terraza.

Voy con la bayeta, llevo servilletas, soy simpática e intento disfrazar mis cólicos de ira:

- No pasa nada, esto sucede siempre, es natural.

Vuelvo por el recogedor y la escoba, cuando se oye un grito de un niño y un llanto incontrolable: se había cortado las manos con el cristal del suelo. Llega otra madre, enfurecida, de estas poco preparadas para convivir en sociedad:

- Por dios, ¿qué habéis hecho a mi niño?

La pareja de la mesa se queda perpleja y me mira, como si yo tuviese la respuesta para sanar un brote de sangre que no para de gotear por toda la calle.

Le digo:

- Señora, se ha cortado con los cristales que acaban de caer al suelo. Vine a recogerlos cuando su hijo ya estaba con las manos ahí.

Vamos a la barra, le doy alcohol para que limpie la herida, el niño no para de gritar, tengo las manos llenas de sangre, me mancho la ropa, la madre no para:

- Hay que ver, a quien se le ocurre dejar cristales en el suelo, en medio a la calle, con niños alrededor, quiero la hoja de reclamación, esto es un absurdo, le puede perjudicar en la escuela, ¿qué le diré a su padre?

Mientras, los clientes que asistían al espectáculo piden las cuentas para no sostener por más tiempo aquella situación embarazosa. Tengo que cobrar billetes de 50, no me queda cambio. Otro chaval entra por un café cortado corto de café con la leche natural y sacarina, guiris se sientan en las mesas sucias, arrastran las sillas, se termina el papel higiénico del baño, me piden que suba el volumen de la música, tengo que poner el lavavajillas. Es el caos.

El niño ensangrentado se va con la madre en búsqueda del padre, yo me quedo intentando coordinar todas las demandas pendientes.

La pareja del nene viene a la barra a pagar, el padre un poco desconcertado, aunque no me pide disculpas en ningún momento. Han dejado la mesa en un estado deplorable.

- Son seis euros, por favor.
- Toma, diez.

Le doy cuatro monedas de un euro, a ver si me deja al menos una en razón del reconocimiento de la categoría de camarera que soy. En pocos segundos, me dice:

- Dame un billete de cinco, que tengo un euro.

(Es una profesión non grata, como ya podéis notar.)